Incendios forestales de sexta generación


La sociedad moderna, vive con desconocimiento de la realidad de los incendios forestales. Pero en los últimos tiempos esta realidad se esta haciendo mas patente en sus vidas por los episodios de fuegos virulentos con víctimas mortales. Los incendios de 6ª generación.

El tiempo demuestra que la situación de los espacios agroforestales unida en el escenario de cambio climático llega a un punto crítico que empieza a alcanzar una escala global.

Según datos del EFFIS (European Forest Fire Information System), considerando la serie de años que va desde 1980 a 2015 y para los países que más sufren el problema (Portugal, España, Francia, Italia y Grecia), al año padecemos 48.640 incendios forestales que queman 447.609 hectáreas al año de media. En España, esos datos suponen 14.953 incendios forestales al año que queman 164.592 hectáreas al año. Para este período, en total, en España se han quemado 5.925.323 de hectáreas.

No es un problema nuevo. De hecho, el fuego forma parte de los ecosistemas mediterráneos y esto redunda en multitud de adaptaciones naturales a su presencia. El problema es la recurrencia. No damos tiempo entre fuego y fuego en que la naturaleza se recupere, y estamos cambiando el entorno.

Recurrencia de incendios forestales + abandono del mundo rural + cambio climático = desastre

Esta podría ser una ecuación si se tratara de matemáticas. Pero el problema es mucho más complicado. Estamos jugando con fuego. Y como dice el refrán: “El que juega con fuego, se quema”.

Un breve resumen de esta afirmación podría concretarse en la siguiente secuencia:

  • Empiezan los avisos. 1 de mayo de 2016 (no era verano) un incendio forestal en Canadáimpacta contra la ciudad de Fort McMurray (Alberta), según algunos la ciudad más rica del continente Americano. Según muchas estimaciones, de la Tierra. La ciudad desaparece. El fuego obliga a evacuar a sus 80.000 residentes, destruye más de 2.400 casas y quema 590.000 hectáreas antes de ser controlado el 5 de julio de 2016. Según la MacEwan University (Edmonton, Canadá) el fuego de McMurray provoca daños por un coste de 8,86 billones de dólares (miles de euros). 2 muertos durante la evacuación. En agosto en Madeira se produce un incendio devastador que genera 1.000 evacuados, destruye a Funchal (la capital de la isla) más de 300 edificios. Genera daños por importe de más de 61 millones de euros a más de 80 heridos y 4 muertos.
  • Enero 2017. Entre los días 18 de enero y 5 de febrero de 2017 un incendio forestal enLas Máquinas, en la Región del Maule, en Chile, crema en 14 horas 115.000 hectáreas. El ROS (Rate Of Spread) o tasa de propagación del fuego fue de más de 8.000 hectáreas / hora. En total, en ese incendio, se quemaron 467.536 hectáreas. Y solamente los trabajos de extinción (sin contar daños), en ese incendio, costaron según el Gobierno Chileno, 25.240.210 €. Hubo 11 víctimas mortales. Es considerado el primer incendio de 6ª generación.
  • Junio ​​2017. Incendio deKnysna – Western Cape, Sudáfrica. Provocado por un rayo. 7 muertos. En el mismo mes, Incendio de Pedrógão Vrande – Leiria, Portugal. Entre el 17 y el 24 de junio de 2017, un incendio provocado por un rayo provoca 64 muertos y más de 130 heridos.
  • Julio – Agosto 2017. La Gendarmería francesa registra en poco más de 3 semanas 131 incendios forestales que provocan la muerte de 9 personas y quemaduras graves a otros 17.
  • Octubre 2017. Incendio de la ciudad deSanta Rosa (Tubb fire) – California, EEUU. 5.700 casas y otras estructuras destruidas. Aproximadamente 100.000 personas evacuadas. Daños directos por un importe de 86 billones de dólares. 185 personas heridas y 42 muertas. Miles de personas lo pierden todo. En el mismo mes, incendios simultáneos Portugal – Galicia coincidiendo con la llegada del Huracán el Ophelia, fuera de campaña (Esto implica menos personal). 43 muertos en Portugal, y 4 muertos en Galicia en un episodio que colapsa la estructura de emergencias en Galicia. Rodea la ciudad de Vigo provocando una situación dramática.

Los incendios forestales suponen un riesgo importante a escala mundial, con 3-4 millones de hectáreas quemadas cada año en todo el mundo (aproximadamente un 3% de la vegetación existente). Entre los años 1984 – 2013, los fuegos forestales habían causado 1.940 muertes directas. Esto supone unas 65 víctimas por año. En lo que va de 2017, solo en los incendios descritos, ya han muerto 180 personas. Esto supone un 276% respecto de la media de la serie de 30 años referida.

Los incendios han evolucionado (Generaciones de incendios). El abandono de usos, costumbres y espacios ha provocado progresivamente la desvinculación de la cultura agroforestal rural en favor de una perspectiva urbana en las sociedades modernas durante la segunda mitad del siglo XX. La falta de actividad poco a poco ha favorecido la acumulación de combustible (vegetación). Esto unido a la falta de planificación y gestión (acción) sobre el territorio ha acabado provocando que los Servicios de Emergencia afrontan cada vez incendios de mayor dificultad. Estas son las generaciones anteriores:

La quinta generación (Grandes Incendios Forestales (GIF = mayores de 500 hectáreas) afectando simultáneamente a varios núcleos de población. Ejemplo: Incendios de Cortes de Pallàs y Andilla en 2012) queman grandes superficies y obligan a trabajar a los servicios de emergencia al límite. Actualmente, el Cambio Climático está generando sequías cada vez más intensas. Esto provoca una aridez extrema, favorable al fuego. Con un escenario rural devastado por el abandono, y acumulaciones mayores de energía en forma de combustible (la vegetación no deja de ser energía solar almacenada en forma de biomasa) y en la propia atmósfera (toda la que liberamos con el consumo de combustibles fósiles) provocan los llamados fuegos de 6ª generación.

Un incendio de 6ª generación es la demostración plausible de que las cosas están cambiando. Tiene su base en el Cambio Climático. Es una consecuencia. Su origen está no ya en la sequía (que también), sino en la aridez extrema. Los bosques que van quedando fuera de rango climático están extremadamente disponibles para quemar. Estos incendios liberan tanta energía que además de tener una atmósfera que les favorece, la aprovechan y la modifican, generando tormentas de fuego (Castellnou, M., 2017).

Y el problema es que cuando la tormenta se desencadena se lleva por delante todo lo que pilla. En el último año han mostrado claramente cuál es su potencial. De hecho, si no se toman medidas con carácter urgente, corremos el riesgo de convertirlos en una dinámica habitual.

Prevención, autoprotección, mitigación, adaptación

Durante los episodios de fuego se especula sobre la causalidad. Intereses ocultos, teorías de la conspiración más o menos fundadas… pero la realidad es que muchas veces es simplemente inconsciencia, negligencia o irresponsabilidad … Según datos de la Generalitat Valenciana, entre 2005 y 2015 los espacios agroforestales valencianos sufrieron 4.444 incendios que quemaron 90.436,99 hectáreas. De estos, sólo 19 superaron las 500 hectáreas (GIF). Un 0,43% del total son responsables del 82,26% de la superficie quemada (74.397,51 hectáreas). Esto implica que en el 99,57% de los casos los Servicios de Emergencias apagan el fuego antes de hacerse grande (gran tasa de éxito). Pero cuando se les escapa (normalmente en días de meteorología extrema) se desencadena la tragedia.

Del total, sólo 1.105 tuvieron origen natural (rayo). Los fuegos naturales quemaron un 2% de la superficie de toda la década. El resto tuvo origen humano. De los 19 Grandes Incendios Forestales, 8 fueron negligentes. Quemaron el 60% de la superficie total. Solo 2 GIF fueron naturales.

De cualquier modo, la causa de la ignición tiene una importancia relativa. El problema es en qué escenario se combate el incendio. Y esto lleva a uno de los aspectos fundamentales. Hay que entender que sólo con una política seria de prevención de incendios forestales puede hacerse frente a la sexta generación de fuegos. Solo con inversión puede combatirse el coste económico, social y ambiental que suponen.

Hay que entender que la aridez extrema durante buena parte del año implica una desestacionalización del riesgo. Por lo tanto, un gran incendio puede producirse también en invierno. Además, las personas que viven en zonas de alto riesgo deben entender que la única forma de evitar fatalidades pasa por esa prevención y para la adopción, a escala particular, de medidas de autoprotección. Es duro, pero el día del Gran Incendio Forestal es posible que usted llame al 112 y no pueda venir nadie.

En ese momento la diferencia entre un escenario de más destrucción o menos dependerá, exclusivamente, de las medidas que usted haya adoptado antes.

Hay que recuperar espacios agroforestales. Necesitamos una cubierta vegetal bien gestionada. Preparada para evitar incendios de alta intensidad. Hay gestión forestal sostenible y poner en valor de nuevo el territorio forestal (más de la mitad del territorio valenciano). Hay que invertir en verde para evitar el coste que supone el negro del incendio.

Necesitamos una política de quemas prescritas. De pequeños fuegos controlados en épocas húmedas que no hagan daño a los árboles y ayudan a eliminar combustible muerto seco. Se puede quemar un espacio forestal sin afectar a la vegetación viva. Se hace. Se ha hecho. Y se hará. Es necesario que el ecologismo urbano – centrista y el resto de la sociedad urbana entienda que los fuegos controlados de baja intensidad son parte de la solución. No del problema. Que son una herramienta poderosa. Y que criminalizar las herramientas (como ha ocurrido en ocasiones) aparte de una estupidez, es una irresponsabilidad. Las herramientas no son buenas, ni malas. Son el uso que se hace. Haciendo un símil con los terremotos, pueden elegir ustedes: pequeños terremotos controlados, o un gran terremoto destructivo. La energía liberada de forma controlada ayudará a evitar liberaciones extremos. Además, el uso preventivo del fuego mejora la formación del operativo. Practicando en tiempos de paz, se es más eficiente en tiempo de combate. Hay que abandonar el dogma, y ​​emplear la ciencia. Una ciencia que demuestra que fuegos de baja intensidad no sólo no son perjudiciales, sino que mejoran el ecosistema. Esto no implica quemar de forma indiscriminada. Ni mucho menos. Habrá prescribir dónde, cuándo y cómo. Por eso es una prescripción técnica. Basada en ciencia. Como el medicamento prescrito un médico. No podemos permitirnos que el dogmatismo se imponga a la cordura. Tenemos casos de éxito. En Canarias, en Cataluña …, ecologistas allí pueden dar testimonio. Preguntan ustedes. Y verán.

Hay adaptación. Resiliencia. Hay que entender que, nos guste o no, tendremos que convivir con el fuego. Y que solo podemos incidir en el escenario de convivencia (más preparado, o menos, más favorable al fuego, o en los Servicios de Emergencia). Sólo podemos intentar decidir con qué generación de incendios convivir. Desgraciadamente, la situación actual puede convertirse en norma si no se adoptan medidas urgentes. Dejar de ser excepcional, para convertirse en habitual. Los incendios ya no son un problema ambiental. Son una amenaza para la seguridad nacional. Para la vida de las personas.

Por eso hay que cambiar la relación personas – ecosistema, nuevamente. Y recordar que la tierra no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a la tierra. Y lo que pase con la tierra, nos pasará a nosotros. Hay que tomar medidas, o asumir las consecuencias. Decidir si queremos seguir viviendo aquí, o convertirnos en migrantes climáticos. Podemos seguir con una actitud reactiva, y esperar al problema. O podemos ser reactivos, y afrontar el reto.

Fuente: http://www.samarucdigital.com/es/article/incendis-forestals-de-sisena-generacio

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